Llorando sin consuelo, pidiendo ayuda a gritos, me caigo en un suelo teñido de sangre, esa espesa sangre que dejé caer, creyendo que así se aliviaría mi dolor acumulado en mi débil cuerpo durante tanto tiempo.
Y sigo llorando, clamando por piedad, rogando al cielo que me de una segunda oportunidad, que me ayude y que me saque de este infierno.
Sólo quiero que vuelvan esos días cálidos, en los que todo iba bien, en los que el llanto sólo era de alegría, ¿Qué debo hacer para volver a ser feliz?
- Volver a nacer- me dice él, apoyando sus frías manos en mis hombros desnudos y cansados.
Y me siento inútil, me siento tonta. Estoy herida y moribunda, pero nadie viene a ayudarme. Sólo oigo voces, repitiéndome que moriré sin conocer la luz, sin alcanzar la felicidad completa. Y a él, que me acompaña en mi agonía. Él, ese sin rostro que me ha dicho tantas cosas extrañas a lo largo de mi sufrimiento, cosas que, en el fondo, sí tenían sentido. Pero yo no supe hallarlas. Él, criatura anormal con sabias pero crueles palabras, muy crueles.
-Vamos- me dice cogiéndome de las manos- debes irte, espero volver a verte.